sábado, 27 de diciembre de 2008

Diálogos y silencios: la necesidad del interlocutor

Entiendo (¿entendemos?) al diálogo como una conversación entre dos personas que, alternándose, manifiestan sus ideas. El diccionario de la Real Academia de la Lengua también dice que diálogo es una "Discusión o trato en busca de avenencia".

Ahora que estoy sólo, encerrado en la casa sin la más mínima posibilidad de contacto humano, me planteo al diálogo como una interrogante. ¿Existe?. Durante generaciones hemos asumido la realidad del diálogo no sólo como un mero intercambio de ideas; incluso hay quien lo piensa como la base primaria del conocimiento. Y me refiero a esto dejando de lado la posibilidad del diálogo como género literario, porque a pesar de ser también un tema interesante no tiene mucho que ver con lo que me dispongo a tratar a continuación.
La duda surge a partir de algunos acontecimientos acaecidos en las últimas semanas, y que lo ponen a dudar a uno sobre ciertas cosas. Yo no se cómo dialogue el resto de gente, pero en mi caso, hay una tendencia bastante arraigada a convertir la conversación en un acalorado debate sobre cualquier cosa, lo que sea; que si habrá crisis financiera, que si el gobierno gasta más de lo que debe, que si la publicidad es más importante que la música, que si la gente lee o no, que si Quito es una ciudad interesante o sólo una buhardilla de la historia. En fin, que de una u otra forma, cualquier conversación en la que me veo involucrado termina siendo una serie de monólogos que se alternan y buscan sobreponerse uno al otro, talvez (aunque esto es mera especulación) con la pretención de confundir al interlocutor por simple placer, o en el peor de los casos para convencerlo de lo contrario, sea lo que sea que esto implique. Pocas veces he asistido a un diálogo en el que de verdad se alcance esa avenencia de la que habla el librito citado arriba, o si se da, casi siempre corresponde al triunfo de una posición sobre la otra; la tesis sobre la antítesis o viceversa. La dialéctica nos abandonó hace tiempo.

Y el silencio; ese mecanismo contundente, esa respuesta ambigua, pero directa, siempre certera; fría como la hoja de un puñal. Quien contesta con silencio se coloca en una posición cerrada y triunfalista; implica que no tiene sentido el diálogo porque los interlocutores no son iguales, no están en igualdad de condiciones, y por supuesto, quien calla se pretende superior ante un monólogo que insiste.

Y entonces ¿Existes?. Leí hace poco un pequeño texto de William Ospina, quien se plantea la pregunta acerca de la posibilidad del diálogo en "una época que padece de un sistema de monólogos: el monólogo del poder, el de la academia, el de la neurosis, el de los medios de comunicación". Yo le añadiría, al monólogo de la neurosis, el de la neurosis blogera. Por que sí, hay algo de neurótico, algo de esquizoide y aún algo de sicótico en un blogger. La neurosis, la esquizofrenia y la sicosis del solitario; por lo general un solitario por vocación que publica para mostrar su propio monólogo; para poder darse el lujo de los silencios. (no se porqué ahora pienso en Andrés Caicedo y sus publicaciones post mortem)
El caso es que el texto de Ospina me llamó la atención porque plantea que para el diálogo es necesario mejorar "nuestra capacidad de escuchar con lealtad a los interlocutores, así sea para poder estar verdaderamente en desacuerdo con ellos". Esto, ahora me doy cuenta, podría ser la receta ideal para quien anda buscando o pretende encontrar "interlocutores en igualdad de condiciones"; quizá estén ahí, y no han sido todavía escuchados.

Es posible que en una primera instancia el diálogo sí se constituya en un debate acalorado; un mutuo medirse las fuerzas para saber si el otro quedará en pie después de la batalla; para ver si luego de la resaca es capaz de armar las palabras y continuar con el tema sin evasivas de ninguna especie; pero también es posible que más allá de todo eso prevalezca el placer de la conversación per se, ya no el acostumbrado modelo pregunta-respuesta, ni el juego del yo te digo y tu me refutas y viceversa; sino un estado continuo de poder fluir con el otro, junto al otro o en el otro; tan simple como poder ser por completo sin restricciones de ninguna especie; dar rienda suelta al todo que se oculta detrás del yo. Tal vez es ese el anhelo; ahí quizá radique la importancia de encontrar un interlocutor; la necesidad no del igual, sino del otro que me deja ser; otro al cual yo pueda dejar fluir; entonces estaremos dialogando, y el silencio perderá su gélido sabor a triunfalismo para producir esa tibieza cómplice de dos que ya no monologan entre sí.

Ha sido una temporada extraña. Estas reflexiones, ideas sueltas arrojadas al mar que otros saben navegar mejor que yo, surgen a partir de algunos monólogos cruzados, altivos monólogos en los que he participado en estos días. Todo un mar de ideas revueltas que acaso encontraron un puerto para descansar en el texto que leí esta tarde, y del cual publico a continuación el fragmento más importante citando al autor (William Ospina) y la fuente (El Espectador), pero añadiéndole una dedicatoria que haré mía a pesar de habérsela leído a Borges alguna vez:

A QUIEN LEYERE...
... y yo añado: (si es que lee)

"En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre todos quisiéramos acordarnos, se dio hace cuatro siglos uno de los experimentos más audaces y generosos de la humanidad. España era entonces un reino rencoroso en el que imperaba el más abrumador fanatismo, lo que hoy se llamaría “el pensamiento único”. Bajo el imperio intimidante de una iglesia criminal, y bajo la férula de una monarquía excluyente, nadie tenía derechos si no era lo que se llamaba entonces “cristiano viejo”; los abominables reyes católicos habían impuesto la práctica fascista de la “pureza de sangre”, y la sola sospecha de que alguien fuera distinto, es decir, sobre todo moro o judío, no sólo invalidaba sus opiniones sino que le negaba el derecho a formar parte de la comunidad. Y fue entonces cuando Cervantes, uno de los hombres más sutiles y civilizados de su tiempo, escribió aquel libro sobre un caballero que enloquece de tanto leer, que llega a creerse, ya en su vejez, un paladín fantástico, y sale a los campos a cabalgar en busca de aventuras. Don Quijote advirtió casi enseguida que algo le faltaba, y volvió a su aldea, como dice Fernando Vallejo, “no a buscar un escudero, sino un interlocutor”. La única aventura que iba a vivir aquel caballero lunático y conmovedor era la aventura de dialogar con alguien, y escogió a la persona más distinta que podía haber en el vecindario: un mozo iletrado y crédulo que fuera su compañero y su criado. A partir de ese momento la novela de Cervantes se propone como un diálogo en todos los sentidos imaginables, pero sobre todo, y aquí está cifrado el generoso pensamiento de Cervantes, un diálogo entre seres distintos y desiguales. Entre el amo y el criado, entre el joven y el viejo, entre el maestro y el discípulo, entre un lector de libros y un repetidor de refranes, entre la memoria oral y la memoria escrita, entre el espíritu práctico y el espíritu soñador, entre la locura y la cordura, entre la fantasía y la realidad. Sería impreciso decir que “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha” es simplemente una novela: es el más formidable alegato de la historia a favor de la posibilidad de un diálogo aun en las condiciones de mayor desigualdad, de mayor asimetría en términos de información y de rango. Cervantes parece decirnos que el diálogo sobre todo es posible entre distintos y entre desiguales; que si nos sentamos a esperar la igualdad absoluta entre los interlocutores, el diálogo no ocurrirá jamás; que nos va a tocar dialogar desde el barro improvisado de nuestra cotidianidad, y que es ese diálogo imperfecto, trunco, inarmónico, improbable y episódico el único manantial del que puede salir finalmente la fraternidad humana y el entendimiento recíproco, aun en las condiciones más adversas. Debe ser por eso que, para ser más desafiante, dados los hábitos de su época, Cervantes fingió no ser el autor de su novela, y atribuyéndole toda esa nobleza, toda esa generosidad, al más odiado paria que España tenía por entonces, declaró desde el comienzo que el libro había sido escrito por un moro."

domingo, 7 de diciembre de 2008

CONTIGO (Primera Parte)

Esta mañana recordé a Sofía. Sucedió mientras, distraído, escuchaba la música que ponía el conductor del bus cuando me dirigía al centro comercial para cumplir con un encargo de mis padres. Fue la canción de Sabina lo que me trajo su rostro inevitable. Por unos segundos sentí al mundo tambalear, como si la realidad perdiera piso, se desmoronara ante la súbita inmediatez fantasmal de una imagen que iba cobrando forma a medida que los detalles se apoderaban de mi cabeza, al compás del yo no quiero un amor civilizado...; extraña elección para un chofer de bus de nuestros tiempos en este preciso lugar del mundo.

Sofía y yo asistimos a la misma clase de Historia del Arte en la universidad. Yo cursaba el tercer año de Comunicación, y había decidido tomar aquella asignatura como una de mis optativas para llenar el hueco que tenía entre el almuerzo y la hora de entrar a la disco-tienda en la que trabajaba por las tardes. Terminada la clase, apenas me quedaba el tiempo justo para coger un bus hacia el centro comercial y, una vez allí, cambiar mi apariencia fachosa de jeans y camisetas raídas por el pantalón negro de dril y la camisa blanca con el logotipo de la tienda en el bolsillo izquierdo; por eso no tuve oportunidad de hacer muchos amigos nuevos aquel semestre, y menos entre los asistentes a una cátedra que, en principio, no tenía tanto que ver con mi especialidad.

Una tarde, después de casi un mes de que empezaran las clases, noté que alguien me miraba con insistencia desde la parte trasera del autobús en el que me dirigía al trabajo. Entonces Sofía era una mujer de larga cabellera negra, envuelta de cuerpo entero en un vestido azul marino parecido a los que usan las mujeres en la costa, a través de cuya delgada tela se adivinaban con facilidad los contornos de un cuerpo hermoso, moldeado lo suficiente como para ser sensual sin perder el aspecto de mujer serrana poco voluptuosa. Yo no recordaba haberla visto antes. En realidad, durante aquel tiempo no había tenido oportunidad de fijarme en ninguno de mis compañeros nuevos, así que no habría reconocido a alguno si me lo hubiera encontrado por fuera del campus; pero en el caso de Sofía, no podía recordarla debido a unos dolores intensos que durante las últimas dos semanas se habían apoderado de su garganta, in crecendo, hasta privarla incluso de la posibilidad primaria de alimentarse, obligándola a permanecer todo ese tiempo postrada, en cama, fuera del distraído alcance de mi memoria. Todavía tenía la voz algo afónica cuando me habló.

– ¿Puedo sentarme ahí?– dijo apuntando su índice izquierdo hacia el libro que sostenía abierto sobre mis piernas. No pude contestar. Desde que la vi subir al bus tuve la sensación de ser observado, pero supuse que no era más que el producto de mis delirios afectados por aquella intimidante belleza que ahora, superando cualquier arrebato de mi desbordante imaginación, parecía querer sentarse sobre mis piernas, o para ser más exacto, sobre el avejentado ejemplar de la novela cuya reseña debía tener lista para mi clase de redacción del día siguiente.

– Quiero decir que si serías tan amable de cambiarte de asiento y cederme el que está junto a la ventana.

Lo hice sin decir nada, algo avergonzado por los pensamientos que ella debió de adivinar al advertirme aturdido y sin saber cómo evitar mi enrojecimiento de mejillas. Quise terminar el resto del viaje enfrascado en la lectura, pero ella se encargó de romper el hielo preguntándome sobre la trama del libro, y para cuando nos acercamos al centro comercial descubrí con sorpresa que ya nos comportábamos como viejos amigos, algo que no me pasa con frecuencia ante ningún desconocido, mucho menos si se trata de una mujer.

No pude evitar sentirme un ingenuo al recordar estas cosas. Durante aquella primera conversación Sofía no dijo nada, y mucho menos dio algún tipo de explicación acerca de la intempestiva forma en que se acercó a pedirme el asiento; pero luego, cuando ya éramos lo bastante cercanos, solía repetir el episodio en voz alta con el objeto de hacerme enojar, para lo cual me miraba de frente, sonrisa diabólica de por medio, y luego de morderse la lengua con picardía, al más puro estilo de La Chilindrina, soltaba su historia con el oprobio eterno de que yo no era sino un chico indefenso y torpe que no supo más que sonrojarse en silencio, quien sabe pensado en qué, cuando ella había ido a quitarme el asiento nada más que por divertirse con mi reacción; por ver con qué le salía. Ahora, cuando incluso este tipo de escenas se perdían en el pasado remoto de mi vida útil, recordé con un poco de lástima a ese muchacho ingenuo, torpe, y en realidad indefenso ante los lances femeninos, que era mi yo de aquellos días, y al hacerlo me reí. Me reí de mí y de la facilidad pueril con que Sofía lograba irritarme por culpa de una reacción que no supe contener a tiempo debido a que yo sí sabía cuáles habían sido los pensamientos que me atacaron aquella tarde frente a ella.

***

En el parque, al otro lado de la calle, una mujer de vestido rojo chocó con un tipo que no hizo nada por evitar el impacto a pesar de haberla visto, despistada, correr hacia él con una prisa negligente. Yo observé la escena desde la ventanilla del bus, y me pareció divertida la manera que tuvieron de chocar; ella impactándolo de frente mientras él, previendo el desenlace, la sostuvo del brazo para mantener el equilibrio y evitar que cayeran uno encima del otro. En ese momento tuve la sensación de estar observando la escena más cursi de alguna película norteamericana. Ella alzó la vista y tropezó con la suya; ambos se sonrieron como si se conocieran de siempre, como si aquello no fuera más que otro reencuentro de los que repiten los canales de televisión cuando el repertorio audiovisual se les acaba al mismo tiempo que los recursos creativos. Detrás de ellos, el detalle de la laguna en calma acentuaba la idea de historia de folletín mientras que Sabina, con aquella tranquilidad cínica de su voz trasnochada, aseguraba que lo que yo quiero, muchacha de ojos tristes, es que mueras por mí…En ese momento cesó la música.

La señora que se había sentado a mi lado mientras yo trataba de descifrar la escena del parque, miraba con ojos asustados al vendedor de caramelos que había hecho apagar la casetera para soltar su discurso de venta, un compendio de razones enternecedoras que camuflaban, detrás de la verborrea trillada de familia grande y falta de empleo, las aterradoras amenazas de hurto que parecían disparar aquellos ojos inyectados que les son comunes a ciertos ambulantes que se estimulan con pegamento de ferretería para enfrentar sus labores diarias. Me pareció que el miedo de aquella mujer correspondía más bien a una típica reacción racista contra los hombres de piel oscura, a quienes se supone capaces de cualquier atrocidad delictiva y de una que otra hazaña futbolística. Tal vez fue por eso que cuando recibió, temblando, el manojo de caramelos que el hombre le había entregado, ella los guardó de manera casi autómata en el bolso que tenía protegido con ambas manos sobre su regazo. Noté el miedo que delataba su rostro, a pesar de que tan solo estaba siendo parte de una transacción comercial informal, por lo demás común en el ámbito del transporte urbano de nuestra pequeña metrópoli. Por eso no fue capaz de anticipar lo que ocurrió después a causa de su descuido.

Mientras sucedía todo esto, a mi me impactó de forma particular la sonrisa con que la señora se dispuso a recibir los caramelos. En ese momento no supe muy bien porqué, pero en aquel gesto percibí un cierto dejo de perversidad. Era una especie de engaño flagrante al que esta señora se sujetó con fuerza para ocultar sus verdaderos sentimientos de miedo y hasta repugnancia frente al vendedor. Eso fue lo que ocupó mis pensamientos durante los escasos minutos que precedieron a la discusión. Haciendo un pequeño esfuerzo mental fui capaz de ubicar aquella sonrisa en otra parte. En otro rostro. Era Sofía.

***

Las mujeres, lo he visto muchas veces, tienen la capacidad de comunicar infinidad de cosas a través del rostro, para lo cual están dotadas de un amplio número de sonrisas bien diferenciadas, cada una correspondiente a un grupo de ocasiones específicas. Pocas veces una sonrisa femenina es tan solo de alegría. La sonrisa femenina siempre dice, siempre oculta, siempre engaña.

Sofía tenía cinco sonrisas distintas. La primera, la que más utilizó conmigo, era aquella sonrisa pícara, aquel gesto cuasi diabólico con el que solía recordarme, como queda dicho, aquel primer encuentro con ella del que a duras penas logré salir bien librado. En general ésta era una sonrisa de complicidad burlona que ella disparaba con seguridad para envolverme dentro de sus extraños juegos de seducción. En una etapa más avanzada de nuestra relación, fue uno de estos gestos el que le precedió a nuestro primer encuentro sexual.

Sucedió poco tiempo después de habernos conocido, cuando ya nos sabíamos compañeros de clase. Ahora me parece imposible, pero la verdad es que en aquella primera conversación hablamos de cualquier cosa excepto de nosotros mismos. Tal vez fue de música, quizá de literatura; recuerdo un comentario suyo acerca del libro que yo leía y alguna referencia al Génesis. Aquella tarde en el autobús es una imagen borrosa de algo que pudo no haber sucedido, y cualquier recuerdo que de allí se desprende me resulta tan lejano que a veces parece un sueño. Pero no lo fue. Lo sé por la ansiedad que me petrificó el lunes siguiente, cuando creí estar viviendo un dejavú:

– ¿Puedo sentarme ahí?– La misma voz y el mismo índice, ahora una falda verde limón, un suéter blanco y aquel rostro, entregándome por primera vez esa primera sonrisa desde la que Sofía observaba mi perplejidad de la misma forma traviesa en la que una niña observa su golosina antes de saborearla por primera vez. No dijo nada más, y de inmediato se dirigió a un asiento vació en el otro extremo del salón.

Ese día no fui al trabajo. La desafiante autosuficiencia de Sofía me obligó a buscarla después de clases e invitarla a tomar un café. Entonces lo supe todo, que estudiaba arquitectura y que Historia del arte era materia obligatoria, que había estado enferma y que por eso no estuvo todo aquel tiempo, y que me estaría eternamente agradecida si yo la ayudaba a igualarse.

Luego, todo pasó de repente. Como mi tiempo dentro de la universidad estaba copado, ella solía ir a esperarme por las noches en el centro comercial. Yo la encontraba sentada en una de las mesas más apartadas de la cafetería que había en el segundo piso, y allí nos quedábamos durante horas tomando café y haciéndonos compañía. Al principio, la finalidad de nuestros encuentros era más académica que de otra índole; de vez en cuando la conversación tomaba algún giro inesperado que nos llevaba a divagar sobre cualquier cosa. Después de un par de semanas aquellos giros se volvieron tan frecuentes que la materia de estudio pasó a un segundo plano; de todas formas, yo ya me había encargado de llenar sus vacíos de los primeros días, y ninguno de los dos se tomaba la asignatura demasiado en serio como para discutir su contenido más allá de lo necesario.

Cuando ya nos conocíamos lo suficiente, nuestros momentos en la cafetería se me hacían bastante cortos. En la universidad las cosas no habían cambiado mucho: ella siempre llegaba pocos minutos después que yo y se sentaba en el otro extremo del salón sin saludar a nadie, y era la primera persona en irse cuando la clase terminaba. Este comportamiento hacía que el resto de alumnos la considere una chica rara, diferente, oscura; incluso hubo quien se atrevió a insinuar que era lesbiana. Nunca nadie habría podido imaginar que éramos amigos, y yo nunca hice nada por desmentir los rumores que circulaban sobre ella.

Aquello sucedió en la sala de mi casa un sábado a mediodía. La idea era reunirnos a trabajar en nuestro proyecto de mitad de semestre (algo sobre la relación de la arquitectura gótica con el desarrollo de la armonía en los cantos medievales). Mi padre se encontraba concretando un negocio en alguna ciudad del interior, y mi madre había aprovechado esa circunstancia para visitar a los abuelos durante el fin de semana, así que yo me encontraba solo.

Como habíamos acordado, fui a recoger a Sofía a eso de las once y cuarto a la estación de buses que está a unas cuantas cuadras de mi casa. Ella llegó primero, pero en lugar de reclamar la espera me pidió que le prepare algo de comer antes de comenzar el trabajo. No recuerdo con exactitud qué fue lo que me dispuse a guisar. Tomé un huevo de la nevera y lo puse sobre el mesón de la cocina; éste rodó y terminó en el suelo mientras yo buscaba una cacerola para hacer no se qué mezcla; entonces Sofía se burló de mis cualidades culinarias y yo, herido en lo más profundo de mi ego, comencé a preparar el almuerzo con una seriedad solemne que ella se dedicó a destruir entorpeciendo mi trabajo al abrazarme por detrás mientras sus dedos jugaban con los botones de mi camisa.

Su índice empezó a orbitar mi ombligo y sus uñas me hacían cosquillas en el abdomen. Al principio me sentí algo incómodo y le pedí que me dejara trabajar en paz, pero el efecto de sus experimentados dedos le ganó a cualquier razón etérea, despertando a mi herramienta de amores y fantasías hasta el placentero dolor de mis recién cumplidos veinte años. Me di la vuelta y tomé su cintura entre mis manos. Entonces vi el brillo en sus ojos y aquella sonrisa de picardía, con su lengua entre los dientes saboreando mi reacción de macho alterado. Su mano derecha se estiró contra mi pecho para hacerme retroceder unos pasos, y se fue caminando con tranquilidad hacia la sala. Tras unos segundos de perplejidad decidí seguirla. Se había sentado en el sofá principal, cuasi recostada, apoyando la cabeza sobre su brazo derecho. Cuando me vio llegar recogió las piernas encima de los cojines, y su mano izquierda me atrajo hacia ella haciendo que me acueste a su lado, mi cabeza junto a su ombligo.

Tomó mi mano derecha con las dos suyas llevándola hasta los labios, que jugaron con ella como si se tratara de un helado de fresa, su lengua recorriendo mis dedos muy despacio, saboreando cada falange con aquella sutileza bien medida con la que solía hacerlo todo. Luego, sin soltar mi mano, las suyas bajaron hasta mi boca y me incitaron a hacer lo mismo. Para cuando volví a saber de mí nos besábamos en el suelo.

Aquel día fabricamos un amor de fantasía, dibujando en la alfombra criaturas ilusorias con sabor a verdades fundamentales sonando al ritmo de nuestros cuerpos encendidos de muerte pasional. No nos protegimos, así que terminé sobre su cuerpo, y luego de la faena y un par de mecánicas tareas de limpieza corporal nos recostamos en el sofá, uno al lado del otro; entonces pude, por fin, ver el esplendor de su segunda sonrisa, la de sincera satisfacción, copando todo el ámbito de su rostro.


(Continará...)