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Monólogo del muerto (Tercera parte)

Cuando uno todavía está vivo, enterarse de la muerte de alguien suele ser una experiencia desagradable, porque siempre se termina pensando en el futuro propio, y eso desestabiliza un poco. Sobre todo si uno alcanzó a conocer al muerto. Aunque para ser franco, yo no recuerdo haber conocido alguna vez a Carolina O’Piorci.

No es por cambiar de tema. Se que usted imagina que el problema con mi padre, y quizá las circunstancias de mi propia muerte, guardan alguna relación con mi trabajo en aquella campaña; pero en la vida, y esto lo sabe muy bien, las cosas suelen ser mucho más complejas de lo que parecen a primera vista.

Carolina O’Piorci había desaparecido unas dos semanas antes de que Carmen y yo fuéramos a San Antonio. La última vez que la vieron con vida fue durante una fiesta de la casa editorial en la que trabajaba; creo que se trataba del lanzamiento de una novela. Eso fue un sábado por la noche. Recuerdo haber visto los carteles de “ayúdenos a encontrarla” cubriendo casi todas las paredes del centro de la ciudad. Yo iba todos los días al hotel para ver a Carmen, a la hora de las telenovelas vespertinas, y ella me esperaba siempre, aunque nuestro plan nunca iba más allá de quedarnos en su habitación viendo la tele o teniendo sexo, o salir a caminar por cualquier lado, mirando las curiosidades de aquella capital que usted no llegó a conocer por haber nacido varios años después de la gran reforma del 47.

Una noche, luego de dar muchas vueltas cerca de la placita del colibrí, decidimos entrar a una cafetería. Era un pequeño local con seis mesas dispuestas en dos hileras de tres, cada mesa pegada a una de las paredes laterales, de modo que en el centro quedaba el espacio necesario para que camine sin problemas una persona no muy gruesa. Esa fue la primera vez que vimos uno de aquellos carteles, fijado con cinta adhesiva a un pequeño pizarrón que estaba colgado junto a la puerta de entrada.

Yo había pedido un espresso. Carmen no lograba decidir. “Quizás tengo hambre…” le dijo a la señora que nos estaba atendiendo, con esa forma que tenía de pronunciar cada sílaba, con una dificultad extranjera que la obligaba a terminar la frase en tono de interrogación, como buscando ser aprobada, preguntando de manera implícita si había logrado hacerse entender. “¿Puedo ver el menú?”. La señora señaló al pizarrón, y Carmen no tardó en descubrir la fotografía.

Durante los días que siguieron, la ciudad se pobló de la imagen de ella. De pronto Carolina O'Piorci había adquirido un rango de celebridad. Ahora era una especie de estrella que aparecía en cada rincón de la zona rosa; siempre el mismo rostro cansado, como de foto de carnet, mirando a través de unos lentes de marco violeta, los ojos un poco asimétricos, la piel algo endurecida, el cabello largo, recogido por detrás en un moño, y por delante un cerquillo que, combinado con la pequeña flor de madera que llevaba colgada en el cuello le daba cierto aire de inocencia infantil. En cuanto a los carteles, puede que haya sido la calidad de las impresiones, pero su retrato me daba la sensación de ser más bien un dibujo; el trabajo depurado de algún caricaturista local con la pretensión algo pos moderna de crear un anti héroe femenino de corte intelectual.

A medida que pasaba el tiempo, Carolina O’Piorci se fue convirtiendo en uno más de los decorados de la ciudad. Era algo así como una leyenda urbana. Todo el mundo estaba familiarizado con su historia: había cumplido treinta años hacía poco. Trabajaba para una editorial pequeña cuyas publicaciones más vendidas eran libros de autoayuda, aunque hubiera preferido vivir de su propia literatura. Tenía una relación bastante inestable con un escritor al que había ayudado a publicar su libro; la misma novela que ella presentó en nombre de la editorial pocas horas antes de la celebración en que fue vista por última vez. A partir de aquí las versiones se volvían confusas y contradictorias. Unos decían que tuvo una fuerte discusión con su novio, luego de la cual habría salido de la fiesta a toda prisa, como si estuviera huyendo de algo. Había quienes coincidían con esta historia pero con una variante sutil: no fue ella, decían, sino el escritor quien salió del edificio después del altercado.

Otros aseguraban que nunca hubo tal discusión. Aquello no habría sido más que una conversación normal acerca de temas profesionales y minucias literarias. Incluso hubo quien aseguró haber estado bebiendo cerveza con el escritor aquella noche, en una versión imposible según la cual Carolina O’Piorci jamás llegó a charlar con su novio después de terminado el acto de presentación.

Nadie supo decir con exactitud a qué hora salió del edificio. Nadie la había visto tomar un taxi. Nadie podía recordar la ropa que llevaba puesta aquella noche, ni si habían hablado con ella. Nadie la vio junto al autor cuando éste firmaba los libros que logró vender entre los asistentes. Pocos recordaban que fue ella la encargada de presentar la novela, y salvo por una crónica breve que publicó dos días después un periódico local, sus palabras habían sido borradas del recuerdo de aquellas personas que la escucharon por última vez. Era como si Carolina O’Piorci hubiera dejado de existir mucho antes de su muerte, para luego aparecer en aquella caricatura con la que su familia empapeló la ciudad y convertirse en la mujer más popular de la urbe; una fantasía fugaz que ocupó nuestros pensamientos durante varios días hasta que su cadáver apareció flotando en la tina del baño de su propio departamento.

Continuará...

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