Por Javier López Narváez El 30 de abril de 1984, por la noche, murió asesinado el ministro colombiano de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla, mientras conducía por la calle 127 al norte de Bogotá. La sola contundencia de aquel episodio, que alcanzó para remover los destinos de todo un país, y para desatar en Colombia una cruenta guerra sin cuartel que todavía se recuerda como el sello inequívoco del narcotráfico; llegó para Juan Pablo sobre las hélices de un helicóptero, un día a las cinco de la mañana. Había cumplido los siete años hacía apenas tres meses, y hasta entonces había vivido en medio de un mundo creciente de lujos, aprendiendo a montar en los elefantes que su padre se hacía traer desde el África junto con cientos de otras especies exóticas, para que poblaran su selva particular de la hacienda Nápoles, en las afueras de Medellín. El asesinato fue ordenado a 414 kilómetros del lugar de la ejecución, por un ex suplente de la Cámara del Senado, a quien Lara Bonilla h...
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