miércoles 2 de diciembre de 2009

Monólogo del muerto (Tercera parte)

Cuando uno todavía está vivo, enterarse de la muerte de alguien suele ser una experiencia desagradable, porque siempre se termina pensando en el futuro propio, y eso desestabiliza un poco. Sobre todo si uno alcanzó a conocer al muerto. Aunque para ser franco, yo no recuerdo haber conocido alguna vez a Carolina O’Piorci.

No es por cambiar de tema. Se que usted imagina que el problema con mi padre, y quizá las circunstancias de mi propia muerte, guardan alguna relación con mi trabajo en aquella campaña; pero en la vida, y esto lo sabe muy bien, las cosas suelen ser mucho más complejas de lo que parecen a primera vista.

Carolina O’Piorci había desaparecido unas dos semanas antes de que Carmen y yo fuéramos a San Antonio. La última vez que la vieron con vida fue durante una fiesta de la casa editorial en la que trabajaba; creo que se trataba del lanzamiento de una novela. Eso fue un sábado por la noche. Recuerdo haber visto los carteles de “ayúdenos a encontrarla” cubriendo casi todas las paredes del centro de la ciudad. Yo iba todos los días al hotel para ver a Carmen, a la hora de las telenovelas vespertinas, y ella me esperaba siempre, aunque nuestro plan nunca iba más allá de quedarnos en su habitación viendo la tele o teniendo sexo, o salir a caminar por cualquier lado, mirando las curiosidades de aquella capital que usted no llegó a conocer por haber nacido varios años después de la gran reforma del 47.

Una noche, luego de dar muchas vueltas cerca de la placita del colibrí, decidimos entrar a una cafetería. Era un pequeño local con seis mesas dispuestas en dos hileras de tres, cada mesa pegada a una de las paredes laterales, de modo que en el centro quedaba el espacio necesario para que camine sin problemas una persona no muy gruesa. Esa fue la primera vez que vimos uno de aquellos carteles, fijado con cinta adhesiva a un pequeño pizarrón que estaba colgado junto a la puerta de entrada.

Yo había pedido un espresso. Carmen no lograba decidir. “Quizás tengo hambre…” le dijo a la señora que nos estaba atendiendo, con esa forma que tenía de pronunciar cada sílaba, con una dificultad extranjera que la obligaba a terminar la frase en tono de interrogación, como buscando ser aprobada, preguntando de manera implícita si había logrado hacerse entender. “¿Puedo ver el menú?”. La señora señaló al pizarrón, y Carmen no tardó en descubrir la fotografía.

Durante los días que siguieron, la ciudad se pobló de la imagen de ella. De pronto Carolina O'Piorci había adquirido un rango de celebridad. Ahora era una especie de estrella que aparecía en cada rincón de la zona rosa; siempre el mismo rostro cansado, como de foto de carnet, mirando a través de unos lentes de marco violeta, los ojos un poco asimétricos, la piel algo endurecida, el cabello largo, recogido por detrás en un moño, y por delante un cerquillo que, combinado con la pequeña flor de madera que llevaba colgada en el cuello le daba cierto aire de inocencia infantil. En cuanto a los carteles, puede que haya sido la calidad de las impresiones, pero su retrato me daba la sensación de ser más bien un dibujo; el trabajo depurado de algún caricaturista local con la pretensión algo pos moderna de crear un anti héroe femenino de corte intelectual.

A medida que pasaba el tiempo, Carolina O’Piorci se fue convirtiendo en uno más de los decorados de la ciudad. Era algo así como una leyenda urbana. Todo el mundo estaba familiarizado con su historia: había cumplido treinta años hacía poco. Trabajaba para una editorial pequeña cuyas publicaciones más vendidas eran libros de autoayuda, aunque hubiera preferido vivir de su propia literatura. Tenía una relación bastante inestable con un escritor al que había ayudado a publicar su libro; la misma novela que ella presentó en nombre de la editorial pocas horas antes de la celebración en que fue vista por última vez. A partir de aquí las versiones se volvían confusas y contradictorias. Unos decían que tuvo una fuerte discusión con su novio, luego de la cual habría salido de la fiesta a toda prisa, como si estuviera huyendo de algo. Había quienes coincidían con esta historia pero con una variante sutil: no fue ella, decían, sino el escritor quien salió del edificio después del altercado.

Otros aseguraban que nunca hubo tal discusión. Aquello no habría sido más que una conversación normal acerca de temas profesionales y minucias literarias. Incluso hubo quien aseguró haber estado bebiendo cerveza con el escritor aquella noche, en una versión imposible según la cual Carolina O’Piorci jamás llegó a charlar con su novio después de terminado el acto de presentación.

Nadie supo decir con exactitud a qué hora salió del edificio. Nadie la había visto tomar un taxi. Nadie podía recordar la ropa que llevaba puesta aquella noche, ni si habían hablado con ella. Nadie la vio junto al autor cuando éste firmaba los libros que logró vender entre los asistentes. Pocos recordaban que fue ella la encargada de presentar la novela, y salvo por una crónica breve que publicó dos días después un periódico local, sus palabras habían sido borradas del recuerdo de aquellas personas que la escucharon por última vez. Era como si Carolina O’Piorci hubiera dejado de existir mucho antes de su muerte, para luego aparecer en aquella caricatura con la que su familia empapeló la ciudad y convertirse en la mujer más popular de la urbe; una fantasía fugaz que ocupó nuestros pensamientos durante varios días hasta que su cadáver apareció flotando en la tina del baño de su propio departamento.

Continuará...

miércoles 14 de octubre de 2009

Monólogo del muerto (Segunda Parte)

El teléfono volvió a sonar el lunes por la mañana. Esta vez era mi padre para recordarme la entrevista con su socio, un tal señor Jiménez que necesitaba de mi experiencia en marketing para lanzar su candidatura a la gobernación. “No se te ocurra llegar tarde”, alcancé a escuchar a través de la cortina de sueño, que aún no se disipaba del todo; “es muy importante que nos vaya bien en las elecciones”.

Así fue como lo dijo: “…que nos vaya bien en las elecciones”. En ese momento no alcancé a intuir el verdadero significado de aquella frase. Todavía estaba medio dormido y ni siquiera percibí la sutileza con que mi padre se había incluido en ella, como si los resultados de la contienda política le afectaran a él, tanto como a su socio, de quien, por cierto, jamás había tenido noticia.

La primera vez que le escuché hablar del tal Jiménez había sido el sábado, durante el almuerzo, al que me invitó “para conversar de algunas cosas importantes”. Esto era algo que no sucedía con frecuencia. Desde que mis padres se separaron, cuando yo era todavía un adolescente, mis encuentros con él habían sido más bien escasos. Una o dos veces por semana, y nunca más de media hora. Cada episodio se desarrollaba de manera mecánica, como si se tratara del capítulo de algún seriado de televisión cuyo libreto se repite siempre de la misma forma, cada vez en circunstancias diferentes. El objeto principal de aquellas reuniones era de índole económico. Todas las semanas él nos entregaba a mi hermana y a mí una suma de dinero que debía cubrir nuestras necesidades de manutención hasta la semana siguiente. Era una rutina que empezó sin ningún preámbulo poco tiempo después del divorcio, y que permaneció invariable durante años, hasta que me hube graduado en la universidad y decidí abandonar la casa de mi madre. Entonces empezamos a vernos cada vez menos, hasta que nuestra relación acabó por desvanecerse, como se desvanecen los inviernos bajo el silencio de una suave noche veraniega.

Nunca tuve una idea muy clara acerca de sus negocios. Sabía que manejaba una pequeña empresa de textiles desde que yo tenía cinco años, y lo había ido a visitar por lo menos unas diez veces a la oficina de gerente que tenía en un edificio del centro; uno de los sectores menos apropiados para los negocios en aquella ciudad de los años noventa, aunque todo parecía marcharle de maravilla. Pero el cambio de siglo llegó con la crisis, y como sucedió con varios empresarios pequeños, mi padre tuvo que diversificar sus operaciones para no quebrar. Por lo que sabía, la estrategia le resultó bien, pero no conocía ningún detalle. Aquel sábado, durante el almuerzo, supe que hacía varios años se había asociado con Jiménez en unos asuntos de importación de no se qué productos para hombres, pero no ahondamos en el tema.

El recuerdo de aquella reunión con mi padre aparecía colmado de sensaciones, a medida que el vapor aromatizado que salía de la cafetera se iba poblando de una dulce acidez que aletargaba el tiempo en mi departamento, y despejaba suave mis pensamientos matutinos. Había sido un almuerzo entretenido, durante el cual ninguno de los dos cometió el error de preguntar tonterías acerca del otro, pues si algo habíamos aprendido después de tantos años de encuentros incómodos era que la vida corre demasiado a prisa como para perderla averiguando pasados que nunca compartimos. Hoy sería diferente, por supuesto. La muerte pasa con una lentitud pasmosa, y dura más; no tiene sentido apresurarse a construir un futuro de certezas a estas alturas, cuando lo más incierto, después de tanto tiempo, es el pasado; todo aquello que se confunde en el oscuro rincón de esta conciencia inerte, y que nadie sabe si alguna vez fue realidad, si en verdad pasó la vida por nosotros, o si no fue más que un sueño o una ficción que nos inventamos para no aburrirnos sabiendo que lo más grave de todo es que ya ni siquiera volveremos a tener el alivio de morirnos de eso.

Me tomé el café sin azúcar para aplacar al recuerdo con un poco de violencia, como solía hacer siempre que me empezaban las nostalgias. Después de una ducha breve me vestí lo menos informal que pude, evitando como siempre la presencia de una corbata, y marqué al hotel para saludar a Carmen, pero en la recepción me informaron que acababa de salir, supongo que a desayunar en la zona. Luego pedí un taxi y salí a esperarlo.

continuará...

martes 25 de agosto de 2009

Monólogo del muerto (Digresión necesaria)

Con frecuencia me pregunto cómo habrían resultado las cosas de haber salido aquella noche. Claro que a estas alturas nada sería muy distinto. Usted sabe tanto como yo que el tiempo no se detiene nunca, aunque a veces nos gustaría pensar lo contrario. Tarde o temprano habría muerto, y quizá la única diferencia sensible sería la cantidad de recuerdos con los que debo lidiar a diario. Recuerdos de una esposa y de la familia que nunca llegué a tener; recuerdos de aquel viaje a París que tenía proyectado para estudiar una maestría en lenguas; recuerdos del entierro de mi padre, mi madre desconsolada en los brazos de mi hermana, y su posterior internado en un hospital psiquiátrico; en fin, todas esas imágenes que nunca llegaron a mi memoria, como la de aquel hijo mayor que me habría desquiciado con la necedad de convertirse en pintor, y la de aquella niña de rizos oscuros que habría cuidado de mí durante los últimos días.

Ocurre a menudo, durante esta muerte tan larga, que los recuerdos se me agotan. Veinticuatro años no alcanzan a poblar una dimensión tan grande como ésta, donde la soledad resulta más pesada, por aquello de la gravedad. Entonces me entretengo inventando historias; imaginando cómo habrían resultado las cosas si hubiera atendido al ruego de aquella voz que apareció en el teléfono en el último domingo de mi vida. Luego, cuando incluso éste recurso resulta insuficiente, la lógica del ser humano que fui se apodera de todo, y pienso que en realidad no había más opciones, que la llamada que contesté aquella noche no tuvo nada que ver con lo que pasó después, que en realidad se trataba de algún tipo de broma adolescente y que el resto no fue más que una curiosa sucesión de coincidencias que de todas formas me habrían llevado a ese final, previsto para las cinco de la tarde de aquel infausto viernes de agosto.

Entre todos los sucesos que marcaron aquella semana funesta, talvez el más significativo haya sido el puñetazo que le di a mi padre en la mitad del rostro. Fue un golpe seco y pesado, que llegó cargado con toda la rabia del mundo, y también algo de decepción. Pero esto sucedió al final, y no creo que sea necesario apresurarse. Después de todo, ambos disponemos de tiempo para desarrollar la historia completa; así talvez usted pueda comprender mis razones, si es que tal cosa existe y no es el destino el que en verdad determina el curso de la acción humana.

Continuará...

martes 28 de julio de 2009

Monólogo del muerto (Primera parte)

Antes de nada debo ser claro: yo no me suicidé, y a decir verdad no entiendo muy bien la causa de mi deceso. Se que morí un viernes a las cinco en punto. O al menos ese es el último recuerdo que tengo: miro el reloj con prisa luego de discutir con mi padre por algo relacionado con Carmen. Voy en dirección sur por la calle Amazonas, son las cinco de la tarde. Luego un dolor extraño en el pecho, del lado izquierdo. No fue un infarto. Francisco, mi cuñado, sufrió un infarto hace tiempo. Me dijo que se le había dormido el brazo y se le había hecho difícil respirar. Me dijo que sintió un dolor intenso en el corazón. Me dijo que tuvo suficiente tiempo para darse cuenta de que se trataba de un infarto. Yo no tuve tiempo. No sentí nada en los brazos ni en los pulmones. Apenas un piquete, como si me hubiera rozado la punta de un alfiler.

Tal vez usted no pueda comprenderlo, porque claro, nunca se ha muerto; pero dadas las circunstancias se lo voy a confesar: la muerte es un alivio exquisito. No se trata de algo tétrico como lo que muestran las películas, y uno no llega con ganas de espantar a nadie. Al contrario, la primera sensación es la de haberse ganado un premio, como graduarse de algo. Morir es como recibir una jubilación por la que se estuvo trabajando durante toda la vida.

A mi me llegó de improviso. Aunque en realidad, mi defunción repentina no fue más que el colofón de una semana terrible que comenzó la noche del domingo con una curiosa llamada telefónica. Habíamos regresado de San Antonio, a donde llevé a Carmen para que conociera los monumentos, pues en vida yo era de los piensan que cuando uno regresa del extranjero debe tener cientos de fotografías para mostrar, que uno tiene que ser el centro de esas fotografías, y que el viaje ha sido más interesante cuanto más culto uno vuelve del país que ha visitado. Por eso llevé a Carmen hasta San Antonio, para que tuviera las fotografías y algo decente que contar cuando volviera a su casa en California.

Aquella noche llegué a mi departamento a eso de las nueve y media, luego de haberla dejado dormida en su hotel. Esto era lo único que funcionaba con ella: había que montarla con furia hasta que su rostro se encendiera de azul y sus ojos empezaran a cerrarse; solo entonces se daba por satisfecha y lograba conciliar el sueño. Eso lo descubrí después de haberme acostado con ella un par de veces, y yo lo ponía en práctica siempre que necesitaba quitármela de encima, cuando me hartaba de sus interminables conversaciones y sus recuentos de lo ocurrido durante el día. Ella decía que era por mejorar su español, pero a mi me aburrían muchísimo esos ejercicios mnemotécnicos. Nada habría sido peor que desvelarme un domingo oyéndola repetir hasta el infinito la historia de la mitad del mundo.

Estaba pensando en eso mientras me preparaba el último café de la noche. Pensaba en sus ojos negros y su piel cobriza. Pensaba en su cabello azabache cayendo liso sobre sus hombros desnudos. Pensaba en esa sensualidad latina que le heredaron los antepasados, y que en ella se elevaba a una potencia indefinible, como la belleza exótica que era, adherida al corazón de una cultura en la que cada día reinventan al ideal estético –la fantasía de ensueño que disparó en el tercer mundo aquella ola de gimnasios y cirugías, a principios del siglo. La pensaba a ella de cuerpo entero y escuchaba sus preguntas de niña pequeña. “¿Que son lagas?,” decía, alargando un poco el sonido “l”, como si estuviera hablando un idioma de Tolkien. Yo le explicaba que no se lee así, que cuando dos eles van juntas en español el sonido cambia un poco. “no es lagas, es llagas; lla -gas” enfatizaba yo, y entonces ella volvía a leer el último verso del poema esforzándose mucho en la pronunciación: “para poner los dedos en las… yagas,” decía, y yo asentía con la cabeza, divertido.

Usted tendrá que disculpar que ha veces pierda el hilo de la historia. Estos detalles que parecen innecesarios tienen para mí un valor infinito; son mis recuerdos, la única evidencia de que alguna vez tuve una vida, igual que usted. Después de todo, lo único que uno puede llevarse más allá de la tumba son los recuerdos. La memoria es el gran problema de la muerte, como el amor es el problema de la vida.

Yo no amaba a Carmen. Todo lo que conocía en materia de afectos empezaba y terminaba en la que fue mi novia del colegio; un drama de telenovela que acabó matando cualquier asomo de cariño; aquello que pudiera empañar el éxito de lo que luego sería mi vida sexual. Carmen formó parte de esa vida. Incluso pudo haber sido la más importante de todas. Eso fue lo que alcancé a intuir aquella noche mientras pensaba en ella, hasta que me distrajo el timbre del teléfono.

Cuando levanté el auricular, fastidiado por la interrupción, sosteniendo la taza de café con mi mano izquierda, una voz al otro lado de la línea apareció, a la vez suplicante y autoritaria. “Necesito verte, tengo que hablar contigo.” Era una voz femenina; de alguna forma sonaba familiar, aunque no logré reconocerla. No se trataba de Carmen, porque hablaba el español sin ningún acento extranjero. Yo no atiné a decir nada. Nadie dijo nada durante unos diez segundos. “Nos vemos en el Chelsea en quince. Por favor no tardes,” dijo ella por fin, y colgó sin darme tiempo a reaccionar.

Eran casi las diez. Por un momento pude sentir todo el peso del silencio y la soledad del departamento golpeando mi cabeza, con la poca piedad que un domingo agitado es capaz de mostrar a quienes olvidan el uso correcto que se le debe dar a cada día de la semana. Afuera, las bombillas de los postes dudaban entre iluminar por completo o sumir de una vez por todas en la oscuridad al callejón del frente. Algún aparato eléctrico en la cocina empezó a ronronear en un tono agudo que terminó de perfilar al silencio pertinaz.

Hubo un instante muy breve, que medió entre la perplejidad del principio y la tranquilidad cínica con la que me fui a la cama minutos después, en que consideré la idea de salir a la calle para dirigirme al bar. Quería descubrir quién era la dueña de aquella voz misteriosa, segura y tan bien templada que durante los pocos segundos que duró la llamada fue capaz de provocarme una leve erección.

No me mire con esa cara. Detalles como éste son importantes. De otra forma, a usted le sería imposible hacerse una idea de cómo era yo cuando estaba vivo; cómo pensaba y cómo sentía. Ahora todo es distinto. Los placeres mundanos ya no pueden causarme nada, pues una de las ventajas menos publicitadas de la muerte es que ésta se ubica en un territorio que está mucho más allá del placer y el dolor. Por eso no existen cielos ni infiernos, ni demonios, ni dioses, ni nada. La sola idea resulta risible. Y es preferible que las cosas sean así, porque de lo contrario mi destino habría sido el infierno.

No es que haya sido un tipo malo. Al contrario, era lo que la gente de mi tiempo solía llamar “un muchacho ejemplar.” Con apenas veinticuatro años, dos títulos universitarios, una tesis publicada y una carrera en la que empezaba a despuntar como consultor independiente, era mucho más que un buen hijo; el ejemplo de persona con el que mis tíos atormentaron a sus hijos durante años. Pero muy en el fondo, yo no era más que un egoísta y un cretino.

Evalué las posibilidades de la manera más objetiva posible: salvo ciertos antros para gringos desocupados en busca de mujeres fáciles, ningún sitio abría los domingos; así que en principio, la cita tendría lugar en la calle, en medio del frío y la niebla, que a esas horas suele ser bastante densa. Y el asunto, bien mirado, no tenía ningún sentido; ¿quién podía asegurarme que no se trataba de una broma? Me intrigaba, claro, la urgencia con que me habló la mujer, y lo familiar que me resultó su voz, como si perteneciera a una persona con la que alguna vez tuve un contacto permanente. Supongo que ella lo asumió así, y por eso pensó que no le sería necesario identificarse. Nadie entendía que durante las últimas semanas mi mundo se había reducido a Carmen, y todo lo demás había dejado de existir. En fin, yo era un cretino, y la erección no había sido tan fuerte como para obligarme a salir de la cálida comodidad de mi departamento. Terminé de beber el café y me fui a la cama, como de costumbre. No tardé mucho en olvidar aquel incidente.

Continuará...

domingo 14 de junio de 2009

Propuesta para abolir las distancias

Camina conmigo un rato,
un tramo tan sólo y hablamos después:
mira las suelas de mis zapatos
no están gastados, y me viste correr.

Olvida lo que te enseñaron,
no sirve a mi lado, ¿Qué puedes perder?
si quieres hacemos un trato:
si aguantas el paso no me vuelves a ver

Camina conmigo adelante
y dime por dónde debería seguir;
es fácil hablar del pasado,
un poco más complicado del porvenir

elige el camino correcto
o el camino más corto,
el que creas mejor

si quieres hacemos un trato:
si aguantas el paso no me vuelves a ver

Ven y camina conmigo, cambiamos de piel
ven y verás que al final no lo hice tan mal
ven y se fuerte, y que la suerte no te falte
ven y camina conmigo, cambiamos de piel

Camina conmigo, quiero ser testigo
ver lo que sabes hacer
que yo no te fallo ni falto al respeto
y mi palabra es de ley

Si quieres cerramos el trato
y si aguantas el paso no me vuelves a ver

Ven y camina conmigo cambiamos de piel
ven y verás que al final no lo hice tan mal
ven y se fuerte, y que la suerte no te falte
ven y camina conmigo cambiamos de piel

E. Bunbury

viernes 5 de junio de 2009

Salud por el maestro William Ospina

Esta mañana me topé con la buena noticia de que William Ospina ganó el premio Rómulo Gallegos. Más tarde hablaré de ello. Por ahora, uno de los poemas del maestro.


El Amor De Los Hijos Del Águila
por William Ospina

En la punta de la flecha ya está, invisible, el corazón del
pájaro.
En la hoja del remo ya está, invisible, el agua.
En torno del hocico del venado ya tiemblan, invisibles, las
ondas del
estanque.
En mis labios ya están, invisibles, tus labios.

martes 2 de junio de 2009

Pág. 112

Tengo una necesidad extraña de hablar con alguien que no existe...