domingo, 1 de abril de 2012

MEDIOS, INDUSTRIA Y CULTURA: LA BÚSQUEDA DE UN DOLIENTE


Por Javier López Narváez


Texto Publicado: http://bit.ly/H7q14n
Una canción que hace historia

Durante nuestra última conversación en Quito, en diciembre de 2010, Carlos Vives lamentaba la reducción artística que se opera al interior la industria del disco desde hace poco más de una década. “No hay espacio para nuestra música”, asegura un hombre que empezó en los años 90 rompiendo récords y rotando canciones en el horario estelar de casi todas las estaciones de radio del mundo hispano parlante.

Aquello luce contradictorio al recordar que hace apenas un año, un tropel de músicos colombianos se reunió a distancia durante la grabación itinerante de un videoclip para la canción “La tierra del olvido”. La grabaron a retazos, en las calles, construyéndola como un rompecabezas sonoro en medio de un proyecto de cambio social liderado por la fundación ABC y el programa “Playing for change”. Los intérpretes sumaban cerca de 80 músicos que abarcaron un espectro amplio, desde talleristas de la calle hasta la matrona folklorista Totó la Momposina.

A ninguno de los participantes sorprendió la canción elegida en Colombia para alimentar un proyecto que empezó en 2004 con “Stand by me”, y que al momento cuenta con 58 canciones de todo el mundo entre cuyos títulos aparece el nombre emblemático de una utopía signada por algún escarabajo inglés: “Imagine”.

Con apenas 16 años de existencia, “La Tierra del Olvido” se ha fijado en el imaginario popular colombiano como un símbolo de identidad cultural, cuyas implicaciones sociales trascienden los límites de la industria en cuyo seno nació en el año 95 del siglo pasado.  Vives asegura que la clave del fenómeno estuvo en los medios.

Un antiguo problema de equilibrios

El 26 de octubre de 1985, el presidente venezolano Jaime Lusinchi desempolvó un antiguo decreto cuyas implicaciones alcanzaron a moldear las nostalgias de toda una generación en el territorio del sur de América. El decreto 598, entrado en vigencia en el año 74 y echado al olvido casi de inmediato, obligaba a las radios de ese país a programar un tema nacional por cada canción extranjera que transitaba por su frecuencia.  

El decreto, bautizado al calor de los debates como “1x1”, puso en aprietos al personal de los medios, que no tuvo más salida que presionar a la industria local para la producción de artistas que estuvieran a la altura del requerimiento ejecutivo.

La consecuencia de aquello todavía se ubica nítida en la memoria de cualquier latino mayor de treinta años: el boom de una década  cuyo soundtrack se recuerda hoy con el acento inequívoco de los paisanos de Hugo Chávez,  tachonada de nombres como el de Franco De Vita, o de apellidos comunes como el de un tal Montaner,  o de cócteles caribe como el Daiquirí, o de algún eufemismo felino cuyos ingresos por regalías de difusión pública, venta de discos o actuaciones en vivo dinamizaron la economía de un país que descubrió que salvo el petróleo, no hay nada más rentable que la exportación de artistas. 

No está claro en qué momento quedó sin efecto el decreto original; pero se sabe que las industrias culturales de Venezuela comenzaron a declinar a mediados de los 90.

La ficción de los medios en América Latina

Hoy en día, los gurús de la economía de la cultura insisten en repetir los datos: las Industrias Culturales constituyen un importante rubro para las economías nacionales. En Estados Unidos el sector cultural es el primer exportador y el segundo generador de empleo, con un nivel de aportación a su Producto Interno Bruto mayor al 11%; mientras en América Latina promedia un 7% del PIB; y nuestro vecino Colombia exporta más libros, cine, televisión y discos que café. Sin embargo son pocos quienes advierten que en el desarrollo de aquellas cifras juegan un papel importante los medios de comunicación.

Carlos Vives lo tiene claro: “la radio es la industria”, asegura. “A mí me tocó una época más fácil porque los medios eran de gente que podía entender más… cuando en Colombia los medios estaban en manos de colombianos, era más fácil. Hoy en día Caracol es del Grupo Prisa, el Grupo Prisa es 40 principales, viene todo programado, y es muy difícil que haya un hueco para poner la canción de uno. El uno le vendió la compañía a otro que tiene su paquete de artistas, y los tiene que promocionar para después llevarlos en concierto. Quizás uno tiene algunos privilegios porque tiene un poquito más de años, pero para un pelado que se invente una cosa hoy, si no tiene un doliente, es muy difícil…”

Publicado en el Suplemento Cultural "cartóNPiedra" Nº024 del 1 de abril de 2012

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