sábado, 30 de marzo de 2013

Episodios de una Serie Negra


"... su antigua alma ya no le pertenece más"
Nacho Vegas, Serie Negra

"nunca será otra cosa
que las palabras
que estoy escribiendo en su página"
Paul Auster, Viajes por el Scriptorium

1.

“Pareces una persona interesante…” Dudó por un segundo. La idea empezaba a parecer descabellada. Tomó un sorbo de café. Siempre tomaba café antes de decidirse a hacer algo que le parecía importante. El suave aroma “cien por ciento colombiano” ahuyentaba el pánico de los instantes previos a.

Volvió a leer la frase: “Pareces una persona interesante…” Pensó que era la primera vez que hacía una cosa parecida. Casi nunca actuaba por impulso, prefería estar seguro de entender a tiempo las posibles consecuencias de todo.

No recordaba haber intentado antes esa clase de acercamiento ciego, ese salto a un vacío de ansiedades entremezcladas, que poco a poco redujeron su mundo a la cotidiana rutina del hombre solitario. Cuando al fin presionó la tecla que haría de su pequeña frase un mensaje enviado, creyó que tal vez era un avance importante en lo referente a su condición. Nada más simple: se encontró frente a un nombre de mujer y decidió contactarse con ella. No hubo un motivo especial, y mientras miraba la pantalla en espera de una respuesta, trató de encontrar la causa que lo había llevado a escribir aquella frase de cajón, evidente mentira, común entre los navegantes de oficio.


2.

Acudir a una cita en esas condiciones le resultaba bastante extraño. Cuando el taxi se detuvo frente al restaurante, ella permaneció inmóvil durante varios segundos esperando a que la tensión en sus dedos rígidos, y todo el peso de su cuerpo volcado sobre el espaldar del asiento trasero, encontraran la soltura que necesitaba para derrotar a las sensaciones que empezaban a acumularse en su estómago ante la incertidumbre de aquel encuentro.

Desde el instante en que cruzó la puerta pudo reconocer a la silueta dibujada frente a una taza de moka. A pesar del ambiente oscuro del local, ella distinguió con claridad la chaqueta azul que él había ofrecido ponerse. Se dirigió a la mesa con pasos firmes y se sentó con una decisión tan bien estudiada, que él apenas tuvo tiempo para mirarla con la perplejidad de quien no comprende lo que está pasando frente a sus ojos.

Por un instante sintió la decepción de no ser reconocida, pero se sobrepuso al momento y, con toda la dignidad de que fue capaz, adelantó su rostro mientras perfilaba con los labios la frase que estuvo construyendo en el taxi durante todo el trayecto desde su casa: “soy Dalila, tu cita”.


3.

“La diferencia entre la ficción y la realidad, es que aquí no hay reglas impuestas de antemano”; pensó antes de abandonarla en uno de los salones del recinto. Llevaban siete meses saliendo juntos, pero aún no habían logrado conocerse de verdad. Todavía eran dos seudónimos de la red cuyas realidades se intuían detrás de las conversaciones, que no pretendían ser más que un prolongado duelo de intelectos, aunque siempre terminaban diciendo más de lo que querían, exponiendo, sin darse cuenta, las almas que se ocultaban, una tras la reflexiva rigidez de ella, otra tras el extrovertido humor negro de él.

“Eres una persona interesante”, le dijo, “deberías darme las gracias”. Ella lo miró, de pie en el centro del salón, sin alcanzar a entender sus palabras. Él salió del edificio y se perdió en la oscuridad. Puede que haya tomado un taxi, pero ella estaba demasiado perpleja como para intentar averiguarlo. Aquella noche soñó con su novio del colegio y la familia que no alcanzó a formar a los dieciocho años. El se quedó mirando la televisión hasta las tres de la madrugada, y luego se sentó a escribir una reseña crítica sobre la película que había visto; la colgó en su blog. Al día siguiente retomó las visitas al terapeuta.


4.

El primer indicio fueron las rosas. Las que ella recibió al cumplir los treinta. Esas flores que él no recordaba haber enviado, aunque le pareció oportuno el regalo. Él mismo había pensado, en algún momento de la historia, llevarle flores; pero llegado el momento no pudo recordar el cumpleaños de Dalila.

Trabajaba en su novela durante la noche, y sin darse cuenta había sido arrebatado por la necesidad incontenible de resolver el destino de su personaje principal. Por lo general escribía hasta la una de la madrugada, y cuando el sueño no lo vencía se quedaba un par de horas deambulando en Internet. Esta vez le fue imposible irse a la cama, porque descubrió que su protagonista se había enamorado de un personaje secundario, sin importancia, cuyo nombre se le había colado en el libro unas veinte páginas atrás.


5.

 Hoy a las 10:00 a.m. apareció el cadáver de Xxxxx Xxxxxx de 30 años de edad color blanco natural de Azogues residente en el Distrito Metropolitano de oficio r… según investigación practicada con los vecinos del edificio éstos manifestaron que no vieron salir a Xxxxx Xxxxxx a la hora acostumbrada (7:30 a.m.) que desde entonces estuvieron llamando a su puerta sin obtener respuesta alguna… Según lo que se desprende de la investigación dicha (sic) Xxxxx Xxxxxx parece que se estaba bañando con agua de rosas cuando…


6.

Escribir era parte de su terapia. De acuerdo con el doctor, le serviría para crear distancia entre su realidad y las alucinaciones, que antes eran mucho más frecuentes. Al principio el ejercicio funcionó de maravilla; de alguna forma los personajes que inventaba se quedaban atrapados en las letras y dejaban de atormentarlo. Pero cuando empezó a tejer historias más complejas, la escritura se convirtió en la única realidad posible; se recluyó en su casa, incluso dejó de asistir a las consultas, y todo contacto con el mundo exterior se redujo al ciber espacio.

El protagonista de su novela era un tipo complicado. Durante meses estuvo construyendo su personalidad antes de comenzar a escribir. Un tipo complicado, medio esquizoide, que en ocasiones cantaba jazz mientras que de ordinario era reportero en un tabloide de tercera. La madrugada en que terminó de corregir el primer capítulo abrió el chat para distraerse y se encontró con el seudónimo de una chica nueva.

viajero dice: Pareces una persona interesante…
Dalila dice: ¿?
Dalila dice: Quién eres?
…viajero está escribiendo un mensaje


7.

“Eres el personaje de una novela”, le dijo antes de intentar besarla. Ella evadió sus labios y mirándolo directo a los ojos le exigió el texto. “…quiero reconocerme… para parafrasearme”.

Al principio, era un personaje secundario que insertó al final del segundo capítulo nada más que para homenajearla a ella. Pero en algún punto que nunca logró precisar del todo, su protagonista se obsesionó con la chica, y la historia dio un giro inesperado; al final ella huye y él lo pierde todo. Como en casi todos sus relatos. La primera editorial a la que envió el manuscrito rechazó el texto. "...las coincidencias que conducen al encuentro de los personajes son demasiado ingenuas; el texto carece de credibilidad…" Al final fue editado por una casa pequeña, cuyas publicaciones más vendidas eran libros de autoayuda. 


8.

Para el agente que investigaba el caso, estaba claro que la novela era, antes que nada, una elaboración siniestra de los más bajos instintos del escritor. Cuando terminó de leerla, sintió una especie de escalofrío que lo dejó sin habla por unos segundos; sentado sobre su escritorio, la mirada perdida y una voz al interior de su cabeza repasando la historia una y otra vez.

Había encontrado ciertas coincidencias entre lo que contaban los testigos y lo que estaba escrito en el texto. El asunto de las flores, por ejemplo, que el autor negaba haber enviado pero que igual fueron encontradas en el lugar de los hechos, ya marchitas.

Pensando en esto volvió a abrir el libro, en la página 112, donde se lee lo siguiente:

Me he levantado más temprano que de costumbre. Ayer volví a observarla a través de la misma ventana desde la que nos hemos visto tantas veces sin llegar a reconocernos. Llevaba puestos unos jeans ajustados que delineaban su figura de una manera poco usual; como si… el agente comenzó a desesperar y avanzó unos cuantos párrafos…llamé a la florería a eso de las ocho y media. La mujer que me contestó se portó muy atenta en cuanto le dije lo que quería. Le expliqué lo del regalo y le dije que me interesaba mantener el anonimato, a lo que accedió sin ningún problema. Le di la dirección a la que tenía que enviar las flores, y entonces fue cuando me preguntó qué tipo de arreglo necesitaba, y si quería que la tarjeta llevara algo escrito. Pedí el que se llama “locura mía”, ese que tiene treinta rosas adornadas con otras cosas que no son tan importantes, porque lo que me interesaba era el número, que le lleguen treinta rosas rojas. Luego le dicté una especie de poemita de una línea que se me ocurrió en aquel momento, e insistí en lo de no poner mi nombre. Todavía no se si las recibió, ni cómo voy a saber si le gustaron.


9.
- Podría enamorarme de tu personaje. Es absurdo que huya después de haber llegado tan lejos

-¿Te diste cuenta de que terminaste siendo la protagonista de mi novela?

-Sí, pero está mal escrita. La vida no tiene la lógica que tú dices. El destino no existe.

-Se trata de una tragedia; como las que hacían los griegos... Como “Bumerang”

-¿Bumerang? No la he leído. Pero en general eres cruel con tus personajes. Me niego a ser esa chica.

-Deberías estar agradecida

-Debiste cambiar el final

-Me voy. Eres una persona interesante, pero al menos deberías darme las gracias…

Salió del edificio. Estuvo a punto de tomar un taxi, pero lo detuvo un desconocido que aseguraba haber leído la novela. Él sabía que esto era imposible, pues no había pasado una hora de terminada la presentación. Dentro del edificio, los de la editorial todavía brindaban a la salud del autor. Sin embargo, el extraño inició una conversación en la que demostró un asombroso conocimiento de la trama. Aquello, aunque intimidante, le resultaba familiar; como si ya lo hubiera vivido antes, como si el desconocido no lo fuera tanto. Eran las nueve de la noche, y el escritor empezó a sentir la necesidad imperiosa de tomar un café. El otro adivinó sus pensamientos y lo condujo al bar en el que trabajaba de vez en cuando. A media noche volvió a su casa y se puso a ver la televisión.


10.
Cuando el fiscal estuvo al tanto de las coincidencias lo llamó a declarar de nuevo y le pidió por segunda vez: “describa al desconocido que se le acercó la noche del lanzamiento de su novela”. Mientras escuchaba la respuesta abrió el libro en la primera página. Las letras hablaban con la voz del acusado: “Es un tipo complicado, medio esquizoide, y tan delgado como una caricatura; de vez en cuando canta en bares, aunque dice ser periodista…”


11.
El cuerpo de ella lo encontraron recostado bajo la ducha, sobre las baldosas del baño, y sin un rasguño. Murió de asfixia la mañana que le siguió al lanzamiento del libro, unos segundos después de que el asesino le cubriera la cabeza con la misma bolsa de plástico que ahora descansaba sobre los pies del cadáver. Junto a la puerta del baño, un búcaro de unos veintitrés centímetros de alto contenía quince rosas que debieron haber sido blancas, pero que estaban teñidas por efecto del agua con azul de metileno dentro de la que reposaban los tallos.

Él murió en la cárcel, dentro de su celda, a plena luz del día, y sin que ninguno de los guardias viera entrar o salir a nadie. El cuerpo estaba recostado sobre la cama, como si durmiera; y su cabeza reposaba sobre una almohada de rosas secas, amarillentas, mucho más muertas que el cadáver.

El agente volvió a revisar el manuscrito que encontraron junto al muerto. Al parecer –escribió en el informe- el preso alcanzó a esbozar un final alternativo para su novela… Volvió a leer las últimas líneas del relato: “nuestro protagonista, abatido, ha decidido tomar venganza contra el autor de su destino. Se sienta frente al documento en blanco y comienza a escribir: Pareces una persona interesante…Dudó por un segundo. La idea…


Javier López Narváez
Quito, 2008

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