martes, 18 de noviembre de 2008

CUATRO ASES

El problema que presenta la física cuántica suele ser el mismo que el de la religión: ambas se dedican a mostrar verdades que aparecen, a primera vista, como la forzada narración de un sueño antes que como el resultado serio de un riguroso proceso de investigación; verdades que muchas veces no encajan más que en el campo de la mitología, la creencia, el dogma o, para hablar en intelectual, el simple razonamiento teórico-filosófico sobre la composición básica del Universo (a esto último se lo conoce como teología). Decir, por ejemplo, que la composición de un átomo, siendo la base de todo lo material, no está dada por "cosas" que lo integren como partes funcionales de un complejo, aunque minúsculo sistema de "algo", sino que se trata más bien de un diminuto e indeterminado conjunto de "vibraciones" que a veces funcionan como partículas y otras veces como simples ondas, resulta tan inverosímil como la historia de un grupo de esclavos judíos atravesando todos, a pie y a sus anchas, un Mar Rojo partido por la mitad.

Tal vez fue ésta la razón por la que Altamirano, cuando encontró a Roberto en aquel frenético éxtasis —golpeando con los puños la pared azul, sin rabia, como esperando algo— decidió tomar cartas en el asunto, y con la ayuda de dos de sus compañeros se lo llevó a una de las habitaciones más pequeñas del patio posterior para dejarlo encerrado con llave hasta poder hablar con don Jorge. Siempre había sido así; la irremediable sangre fría que hay que tener en estos casos es una virtud que no se desarrolla con la rutina, ni con los años, ni con la práctica: o se la tiene o nada que hacer; y para él, la satisfacción por el deber cumplido era todo lo que necesitaba; sentirse bien, un tabaco para el frío y esperar. Tampoco don Jorge entendió nada cuando Roberto trató de explicarle algo sobre mover los electrones a golpes para atravesar la pared azul; difícil entender cualquier cosa cuando se habla desde el fondo, detrás del tartamudeo provocado por tres horas de encierro en medio de una oscuridad que aterroriza, sobre todo cuando trae recuerdos ingratos.

II

La primera vez que tomó conciencia de dónde estaba, y cuán lejos se encontraba de su lugar de origen, todavía no se llamaba Roberto. Había visto aparecer el rojizo amanecer de un cielo desconocido como una pintura emergida de cualquier parte; imagen superpuesta a las grises murallas de su edificio, como si de pronto se abriera una ventana enorme allí donde no la hubo nunca. Se sorprendió de encontrarse bien: había supuesto que, de lograrlo, sufriría alguna alteración en la composición química de su cuerpo; después de todo, se trataba de una masa de materia común cruzando por los intersticios subatómicos de otra masa de materia común; una posibilidad como cualquier otra dentro de la teoría científica moderna; un milagro atravesar paredes; una imposibilidad lógica, charlatanería cuya realidad perdió validez en el momento mismo de su llegada cuando, girando estupefacto la cabeza con la incredulidad del recién nacido, sus ojos fueron incapaces de hallar el muro que, de acuerdo con su memoria, acababa de dejar atrás después del último golpe en el mismo punto sobre el cual había estado descargando sus esperanzas por años a la espera de un resultado que habría de llegar tarde o temprano, como tarde o temprano llegan, si se baraja lo suficiente, los cuatros ases juntos a la mano del vencedor.

La idea se le había ocurrido hace mucho tiempo, durante sus días de universitario, cuando dentro de las aulas escuchaba absorto, de las más respetables bocas científicas contemporáneas, las maravillas de la física y el Universo, y las infinitas posibilidades que se ofrece al mundo a través del inexplorado microcosmos subatómico. Después de haber madurado la idea junto con otros compañeros, tan devotos a la ciencia como él, decidió poner en práctica la investigación más complicada de su vida al querer comprobar la hipótesis de que el espacio que tiene un electrón para vibrar alrededor del núcleo es de sobra gigantesco en proporción con su tamaño ultra-microscópico, por lo cual es muy posible que al golpear la materia de manera constante, en el mismo sitio y sin descanso, la fuerza termine por mover al electrón hacia otro punto del vacío inmenso que le corresponde, dejando en su lugar otro vacío que pueda ser atravesado por cualquiera que se encuentre cerca en el momento de la transición. Claro que la probabilidad era de diez segundos de vacío en diez años de golpear con una constante de fuerza, la cual era imposible de mantener invariable debido al lógico envejecimiento de los cuerpos y a la fragilidad de la voluntad humana. Por eso, cuando miró el prematuro amanecer en el cielo en lugar del cemento gris que había estado resignado a observar a diario desde el día que empezó su experimento, sintió una mezcla de nostalgia, alegría y júbilo que lo mantuvo suspendido en un estado de letargo absurdo del cual solo pudo reponerse cuando tomó conciencia de que la pared no estaba más. No estaba atrás, ni adelante, ni a los lados. Había llegado a un sitio imposible de reconocer a pesar de la familiaridad que le inspiraba, y la pared que le sirvió de puerta había desaparecido.

III

Los rumores llegaron un miércoles de ceniza en que el edificio se encontraba menos lleno que de costumbre debido a las insistentes demandas del Arzobispo para que los pacientes del sanatorio recibieran como es debido el inicio de la Cuaresma en una de las capillas de la Basílica, al otro lado de la ciudad. A pesar de las dificultades que suponía el traslado de tanta gente, y aunque el director se opuso desde el principio por simple lógica de seguridad, el poder que aún conservaba el clero para meterse en los asuntos públicos había conseguido pactar que los menos graves fueran trasladados en dos camiones del ejército nacional. El resto debía esperar a la llegada de un sacerdote que, bendecido con la inmunidad que le fue otorgada en el nombre de Jesucristo nuestro señor, podría lidiar con los peligrosos "siempre y cuando se encuentren medicados cuando les vaya a poner la cruz sobre la pecadora frente que los conserva libres de los tormentos de la razón". El director y dos enfermeros compartían el mismo tabaco durante la espera. El primer grupo ya había sido enviado, y habrá sido cosa de media hora cuando comenzó a llover sin mucho ruido. Entonces escucharon por primera vez el griterío que parecía venir de uno de los callejones que llegaban al edificio desde la plaza central del barrio, en cuyo parque había estado un desconocido predicando, con acento de ningún lado y una facha de mochilero pero sin olor a ninguna yerba, las apocalípticas profecías del Dr. Wolfstein.

La noticia no era muy nueva. Más o menos desde la última Navidad se había escuchado hablar acerca de la llegada de aquel misterioso hombre de aspecto algo descuidado, mezcla de Beatle y de vagabundo, que en pocos meses había logrado reunir a su alrededor un significativo grupo de seguidores que iban en busca de la verdad. Aunque su origen era un misterio, decía venir desde el otro lado del universo, y a la gente que lo buscaba le hablaba de cosas raras que parecían haber salido desde los más profundos rincones de la conciencia. "Puesto que no somos más que un cúmulo de materia, llevamos al interior un infinito cosmos de verdades aún muy lejanas para nuestras irracionales mentes dogmáticas. Un universo de partículas que son la puerta hacia lugares insospechados de nuestra propia realidad mortal..." Discursos que eran escuchados con atención y que generalmente eran interpretados a la manera de cada uno, de acuerdo con la cotidiana realidad de sus pesares de gente sencilla, a la que hay que hablarle de la verdad en lenguaje fácil, como siempre lo han hecho todos los que han predicado en el mundo, porque para el vulgo es siempre complicado comprender la realidad que implican los azares del destino, porque es más fácil comprar la lotería todos los viernes para vivir la esperanzada felicidad de sábado y domingo, aunque nadie pueda decir que el lunes se cumplió el milagro que esperaba, porque nadie sabe en realidad hacer milagros, caminar mares, atravesar paredes o jugar al póquer y ganar con cuatro ases sin el quinto dentro de la manga o debajo del zapato.

IV

La respuesta parecía estar en una de las tantas teorías aprendidas en clase, cuya explicación, por fácil, resultaba imposible de llevar a la práctica experimental. En aquellos días las teorías imposibles no le gustaban tanto como las otras, aquellas cuyas respuestas podían encontrarse más a la mano, aunque tuvieran que pasar años hasta dar con esas respuestas. Solo ahora, cuando por fin había logrado forzar el salto cuántico y atravesar una pared, encontraba cierta lógica en aquellas conjeturas que tal vez pudieran explicar lo inexplicable. Porque la realidad de una pared perdida no es tan simple como decir que se perdió una pared. Uno puede abrir una puerta, uno puede cruzar el umbral de aquella puerta, uno puede llegar al otro lado de esa puerta, sentirse seguro; y solo entonces uno puede mirar atrás, no ver la pared que rodeaba a la puerta y encontrarse frente al sencillo dilema de la desaparición de una pared. Pero en este caso, ni siquiera había llegado al otro lado, no podía estar seguro. El sitio en el que se encontraba era un sitio diferente al suyo. Ahora era testigo de un improbable amanecer rojizo cuyo cielo se iba haciendo azul mientras el tiempo le dejaba más espacio a la luz del nuevo día, luz que atravesaba aquel mar de nubes rojas ante los ojos atónitos de él, que siempre había vivido en la ciudad de las nubes verdes. "Si éste fuera el universo..." —el doctor levanta una lámina de metal brillante y rectangular — "podríamos decir entonces que nuestro universo es bidimensional..." —señala con las manos las dos dimensiones básicas del rectángulo— "y sus habitantes, que se encontrarían en la cara superior del rectángulo, así lo entenderían."—Ahora la mano izquierda del doctor, que antes sujetaba la base del rectángulo sobre su palma extendida, se retira mientras la derecha agarra la lámina por el borde. Una segunda lámina se desprende de la base y queda suspendida en el aire sujetada por un fino hilo de metal que va desde la base del primer rectángulo hasta la cara superior del segundo— "Ahora, si nuestro universo es esto de aquí arriba, y sus habitantes perciben sus dos dimensiones básicas, éste hilo de aquí abajo corresponde a una tercera dimensión..." —señala el hilo que une ambos rectángulos— " que no es percibida por los habitantes de nuestro universo 'A', porque no está al alcance de su vista ni de sus sentidos."—Pasa el índice y el pulgar alrededor del hilo de metal, como si se tratara del rito necesario para poder dar vuelta a los rectángulos y tomar con las manos la segunda lámina mientras deja la primera suspendida en el aire, columpeándose— "Entonces ésta lámina sería nuestro universo paralelo 'B', del cual ninguno de los habitantes de nuestro universo 'A' tendría conciencia, porque nunca alcanzarían a la tercera dimensión. Aunque aquí también hubiera vida, nadie va al 'B' si no es a través del camino de la nueva dimensión, que es una verdad que no conocerán jamás."

V

El sacerdote que había dibujado la cruz de ceniza sobre las adormecidas frentes de algunos de los internos del sanatorio, volvió el Jueves Santo con la novedad de que Su Eminencia el Arzobispo creía conveniente celebrar la misa del Domingo de Gloria dentro del edificio, para que "las pobres mentes privadas de sentido de estas inocentes criaturas puedan compartir el regocijo y la alegría de la resurrección de nuestro Señor Jesucristo, que es el camino la verdad y la vida; y nadie puede ser privado de la verdad ni de la vida, aunque el Señor ya los haya privado de la razón". Luego de escuchar los argumentos que traía consigo aquel que parecía ser la voz oficial de la iglesia, el director comprendió que ninguna protesta saldría ganando. Después de todo, hacía mucho tiempo que el poder eclesiástico buscaba volver a su gloria de antaño, y no resultaba raro que ahora quisiera recuperar el control de una institución que le pertenecía históricamente, y a la que no pocos acusaban de haberse convertido en una nueva forma de inquisición, o por lo menos, en un mecanismo de control para extirpar anormalidades. En su juventud, el director también había leído algunas de las teorías sobre clínicas y enfermedades que habían sido impulsadas por uno de tantos locos al otro lado del mar, pero nunca les hizo caso. Siempre le parecieron patrañas inventadas por un enfermo que terminó muerto en un hospital por culpa de sus aberraciones carnales. Ahora empezaba a dudar sobre la veracidad de sus apreciaciones, cuando notaba a los personajes del alto clero tan interesados en aquel sanatorio perdido en uno de los barrios olvidados del sector más antiguo de la ciudad. Así que se pactó la misa. Estaría presente todo el personal, por supuesto; los internos estarían sedados, para no correr ningún riesgo. Cumplida su obligación, el sacerdote salió del edificio.

VI

La despensa de la enfermería estaba vacía. El Padre Barba había prometido encargarse del particular en persona, así que en la noche llamó al sanatorio para informar que el viernes a mediodía se despacharían las necesarias dosis inyectables que mantendrían tranquilos a los feligreses durante la misa del próximo domingo. El camino entre el edificio y la única farmacia abierta en Viernes Santo por orden expresa del Arzobispo tenía una longitud aproximada de media hora, que el director tuvo que recorrer en taxi, porque la furgoneta del sanatorio había sufrido un desperfecto que nadie había tenido tiempo de componer desde aquel Domingo de Ramos, cuando la turba de locos enardecidos se abalanzó contra el vehículo que traía al interno más reciente para oficializar su ingreso en la institución. Nadie sabía su nombre, pero todos lo conocían por las noticias. Había estado encerrado en una bodega oscura desde el cruel Miércoles de Ceniza en que un grupo de fanáticos religiosos se lo llevaron a golpes cuando se atrevió a proclamar la cercanía del fin del mundo, y a estar de acuerdo con las teorías de un respetable doctor en física de cuya existencia nadie se había enterado. Llevaba meses diciendo que conocía las verdades ocultas de los Universos y que había alcanzado el camino de la cuarta dimensión a través de los intersticios subatómicos de una pared en el momento del salto cuántico. Cuando llegó en la furgoneta no dijo una sola palabra, ni tampoco la dijo después, mientras le quisieron tomar los datos para abrirle una ficha médica, y aún se mantuvo callado una semana más, probablemente por los efectos del trauma de los golpes y el encierro. Fue una vecina del barrio la que llegó donde el director a decirle que un loco estaba encerrado en una de las bodegas cercanas al edificio desde hacía casi unas seis semanas, y que no paraba de gritar incoherencias y golpear las paredes como si quisiera derrumbarlas para siempre. El director entendió que sobraban los trámites ante la premura de la situación, y mandó traer al nuevo paciente de manera urgente, "antes de que lo maten los locos que andan afuera". La multitud que lo recibió en el sanatorio tenía un ambiente festivo, y lo saludaban como se saluda a la gente respetable, diciéndole Maestro y toda la cosa. Pero en la euforia del recibimiento terminaron por dañar el carro. Por eso el director tuvo que traer la medicina en taxi. Media hora de ida y otra media hora de regreso, y entre ambas, una hora de visita al Padre Barba para agradecer por los favores recibidos, y otra hora consagrada para el almuerzo, porque no todos los días se puede comer fuera de la institución, y menos disfrutar de los manjares de la mesa de algún clérigo.

Cuando regresó de la farmacia, casi tres horas después de haber salido, Altamirano lo recibió con la noticia de que el nuevo había empezado con sus alucinatorios golpes contra la pared del fondo, la que apenas en la madrugada habían pintado de azul para levantar allí el altar desde donde el domingo oficiaría el Padre Barba. "Como aún no llegaba usted con los sedantes, tuve que hacerlo encerrar en uno de los cuartos del otro patio". Don Jorge pidió que le traigan al interno, a quien llamaban Roberto desde el día en que se cansaron de preguntar sin obtener respuesta alguna. Aquella tarde, frente al director, rompió el silencio por primera vez desde que había llegado al sanatorio. Allí explicó lo de su origen, tartamudeando por el frío del ambiente elevado a la potencia del encierro. Ninguno de los presentes pudo comprender lo que decía. Tampoco Don Jorge entendió nada cuando Roberto trató de explicarle algo sobre mover los electrones a golpes para atravesar la pared azul. Ni cuando le habló de Universos y de ciencia, ni cuando pidió que le explicaran porqué el tiempo corre diferente en este mundo, porqué el pasado y el futuro se mezclan en el mismo espacio-tiempo del presente, porqué aquí no es que ayer fue jueves y mañana será sábado sino que mañana ha sido sábado, haciendo del tiempo un juguete del lenguaje, que se mueve a sus anchas de adelante para atrás y viceversa, con el único sentido que le encuentran los curiosos habitantes de éste mundo, para quienes el tiempo es siempre impuntual a la hora de llegar, pero siempre se adelanta a la hora de alejarse. Mientras se llevaban al interno delirante de regreso a su encierro sepulcral, don Jorge se preguntaba si esas afirmaciones inauditas tendrían algo que ver con la preocupación que en el almuerzo había manifestado el Padre Barba por las "peligrosas ideas que propone ese nuevo loco que tiene usted ahí encerrado… Sería mejor mantenerlo alejado de cualquier contacto con la realidad del mundo".

Esa misma pregunta se volvió a hacer el domingo en la mañana, cuando el sacerdote, en vez de apresurarse a dar la misa de seis, pidió que primero le traigan a Roberto para poder verlo en privado. Sabiendo que sobraba cualquier pregunta, dirigió al Padre Barba hacia la habitación donde el paciente permanecía encerrado desde el viernes. Los golpes en la pared habían cesado a eso de las tres, y se extrañaron de no escuchar el mínimo suspiro al interior. Al abrir la puerta, la figura semi hippie del interno había desaparecido. En una de las paredes podían notarse las huellas de dos puños que, atravesados por el haz de luz que ingresaba vertical por una abertura desde el techo, daban la sensación de ser una cruz. En el suelo, una mochila casi vacía era todo lo que había quedado del paciente que ya no estaba; en su interior un montón de papeles atados por uno de sus lados con un cordón blanco como de seda, parecían pertenecer a un manuscrito cuyo título apenas se alcanzaba a leer debido a la mala caligrafía. "Revelaciones Profanas", leyó el cura en voz alta, mientras levantaba el manuscrito del suelo y lo guardaba en una bolsa que tenía bajo la sotana. "Seguramente los locos lo ayudaron a escapar. Es mejor que esto no se sepa, no conviene que la gente hable de lo mal que cuida usted a sus pacientes". Don Jorge bajó la vista mientras decía que sí, que "tiene razón, Padre". Pero en su interior todavía se preguntaba si sería posible, si en realidad somos nosotros el universo paralelo de alguien más, si en algún otro lugar de la galaxia se puede jugar al póquer y ganar solo con cuatro ases, sin tener que esconder el quinto en ningún oscuro rincón de una conciencia culpable.

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