lunes, 11 de mayo de 2009

La coquetería crepuscular de los boleros



No he hecho nada. Hoy ha sido uno de esos días en los que uno se levanta con el ecuatoriano a flor de piel, y decide que está muy cansado, abombado, aburrido, para trabajar con seriedad. Lo siento. No busco ofender a nadie, pero desde niño he vivido atrapado en medio de dos mundos que, aunque cercanos, son muy distintos uno del otro. Me refiero a mis dos países de origen, Ecuador y Colombia. Puestos a valorar de manera objetiva, con una familia de cada lado (hablo de mis padres y sus antepasados, por que yo todavía no tengo familia propia), hay que decir que aunque el colombiano es más alegre, también es mucho más serio y responsable con lo que hace. Por algo han tenido, además de un par de premios Nobel (Patarroyo, García Márquez), a los grandes empresarios que se atrevieron a desarrollar el narcotráfico desde la misma nada del Génesis hasta convertirlo en la gran industria del siglo XX (no quiero entrar aquí en debates legales ni morales, pues ese sería el tema de un texto muy diferente. Sólo recordar que sin Pablo Escobar y sus herederos, ni el fútbol de los noventas ni la cantidad de Grammys que hoy por hoy se llevan a casa los artistas colombianos, hubieran sido posibles). El ecuatoriano es mucho menos responsable; como si hubiera nacido cansado; un producto del sopor andino que combato todos los días, aunque a veces niegue y reniegue de su existencia. Como diría una chica que conozco, en Ecuador se sueña mucho y se produce poco.

En fin, hoy no he hecho nada más que leer un libro y vagar por el Intenet. Y pensar. O al menos intentarlo, y en el intento fracasar por culpa de los recuerdos.

Hace poco se me dañaron los audífonos del MP3, y desde entonces, la única música que escucho fuera de mi casa es la que ponen en los buses y la que suena en mi cabeza sin que nadie la haya programado. Mi cabeza es una especie de rocola que me salva del silencio sin preguntar siquiera si eso es lo que yo quiero escuchar. Parece que la rocola está trabada, porque en los últimos días no he escuchado nada distinto a las canciones del musical.

El musical es de Cristian Valencia, (y así las digresiones hasta el infinito); Valencia fue mi maestro de Armonía I y II, y una de las personas que más ha influido en mi formación de músico. Yo no lograba entender para qué nos mandaba a transcribir nota por nota, instrumento por instrumento, todo el arreglo orquestal de unos boleros que habían sido grabados alrededor de los setentas, (además de cosas tan exóticas como las tecnocumbias que estaban de moda en mis tiempos de estudiante), hasta que me tocó escribir los arreglos de mis propios temas para un cuarteto de vientos. De pronto todo lo que había quedado en el inconciente producto de aquellas tortuosas jornadas de transcripción y reproducción (porque al arreglo había que repetirlo en formato midi, logrando que suene bien hasta en los más pequeños detalles), reapareció desde el interior de mi cabeza llenándome de ideas felices que a la postre se convirtieron en mi primer disco.

Valencia se fue a Miami cuando yo estaba terminando el segundo año de música contemporánea, y no volví a verlo sino hasta la semana pasada, cuando volvió a Quito a estrenar el musical.

La trama del musical no es más que una especie de comedia adolescente en la que un tal Damián, de unos 17 años, logra enamorar a la chica más linda de su escuela, y superar su personalidad en extremo introvertida a través de las antiguas tácticas de conquista con las que su tío abuelo cuenta haber alcanzado al amor de su vida.

Lo que es en verdad fascinante de la obra son las canciones, tocadas en vivo par la Big Band de mi antigua universidad, y cantadas por los actores mientras se va desarrollando la trama. De los arreglos y la dirección de orquesta se hizo cargo Valencia. Y para mi sorpresa, el noventa por ciento del repertorio eran esos boleros a los que tanto les temí/debí en su momento; aquellas canciones antiguas cuya versión orquestal terminé por amar con locura después de la primera transcripción que hice en la universidad. Cuando escuché en el teatro las primeras notas de “Hola soledad”, interpretada por Andrés Valencia, el mismísimo padre de mi maestro, sentí una sensación de felicidad nostálgica que le vino bien al momento. Se crearon nuevos recuerdos con el “soundtrack” de “Amante a la antigua” (así se llama el musical, como la canción de Roberto Carlos), recuerdos cuya protagonista es la chica que me acompañó esa noche, la misma que piensa que los ecuatorianos sueñan más de lo que producen.

Como Damián, yo le había enviado a esta chica unas rosas con un mensaje anónimo el día de su cumpleaños, en un intento algo extravagante de atraer su atención. Ella no me conocía. Luego nos conocimos, nos reconocimos (me reconoció, sería más exacto), y todo desembocó en la cita del miércoles pasado, cuando la llevé al teatro al pre estreno del musical. Nunca hemos hablado del asunto de las rosas, pero yo se (sospecho) que ella sabe que eran mías.

Y desde el miércoles viviendo con ese soundtrack. Cuatro días en Galápagos, viendo iguanas y tortugas, con esa rocola trabada repitiendo las mismas canciones una y otra vez. “Unicamente tú…” cantaba Martín Terán aquella noche, y yo no podía evitar ver a la chica sentada a mi izquierda “…eres el todo de mi ser, porque al faltarme tu querer me muero de inquietud”. Fue nuestra primera salida. Medio improvisada, como muchas de las cosas que me pasan (o que dejo/hago que me pasen). Y en un desenlace algo extraño, casi en silencio, la dejé subida en un taxi de regreso a su casa. Yo regresé al teatro a saludar a los amigos, para sumergirme un rato en ese pasado universitario que me salvaría de una reflexión real sobre lo que pasó aquella noche, en el tiempo que estuve con ella. Ese silencio frío del final; esas palabras inexistentes, y todo lo que debí decir y no dije, y todo lo que dije y no debí decir, o todo lo que quisiera haber dicho y no se me ocurrió a tiempo. Y hoy me la pasé recordando y tratando de pensar; tan cursi como el musical de Valencia; como todo un alumno de Cristian Valencia.

Una nota curiosa: pensando en “las exóticas tecnocumbias” que tocaba transcribir en la U., he recordado que la noche del musical nos metimos en un palco que tenía sobre la puerta un letrero que decía “reservado”. Ella abrió, entró sin preguntar nada y se sentó detrás de unas personas a quienes la oscuridad no nos dejó identificar. Yo la seguí y me senté a su lado. Cuando terminó la obra, las luces se encendieron y la mujer que estaba frente a mi acompañante se dio la vuelta y nos dejó ver su rostro. “¡Sharon!”, exclamó la chica que estaba conmigo, y Sharon le lanzó una mirada bastante confundida antes de pronunciar un escueto “hola”.

Y sigue trabada la rocola mientras pienso que también yo soy de esos amantes a la antigua que suelen todavía mandar flores…

PD. No siempre fui así de cursi. Antes era un tipo bastante denso, y hoy que andaba deambulando por internet encontré un texto que lo prueba.

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